Juan caminaba de lado a lado por la habitación, mientras se probaba su camisa azul nueva –que le habían regalado para su cumpleaños– y se doblaba los puños hacia afuera. No podía dejar de pensar en su próximo viaje.
Tenía todo planeado desde hacía cinco años… (o casi todo, o al menos, eso creía él). Los pasajes los tenía reservados dos años antes, compró una valija nueva e investigó sobre qué tipo de ropa sería la más adecuada para la travesía.
Recurrió a sus contactos, e incluso, ganó algunos nuevos que lo ayudaron en los preparativos.
Pensaba pasar los últimos quince días previos al viaje junto a su novia, Cecilia, en la casa que ella tenía en Vicente López; pero, necesariamente, había que esperar al veintitrés de julio, que era cuando ella se tomaba sus vacaciones de invierno.
Juan era un hombre de alrededor de treinta años, delgado, de pelo corto y color castaño. De extremidades largas y ojos saltones.
De profesión escritor, había tomado la decisión de refugiarse en una cabaña sureña, en la localidad de Esquel, pero en las afueras de la ciudad, cerca de las montañas y al borde de un arroyo.
Necesitaba encontrar un lugar que lo inspirara, que cortara la mala racha de novelas que a nadie le interesó.
El Aljibe fue la primera, la que marcó el comienzo… el comienzo de su debacle como escritor. Su editor accedió a publicarla, aunque no sin correcciones. Solo pudo vender algunos cientos de ejemplares.
Luego fue Muriel, la cual no despertó el más mínimo interés. Y, por último, Café con miel. A esta última, no hubo un solo editor que quisiera publicarla.
Trataba de que su vida no fuera rutinaria, pero no siempre lo lograba. Le gustaba levantarse por las mañanas, cerca de las ocho.
Se preparaba un café acompañado de tostadas untadas con manteca. Luego salía a caminar por el parque (tenía uno a pocas cuadras).
Mientras paseaba un poco, iba mirando todo a su alrededor, buscando alguna inspiración, algo que lo descolocara.
Estaba atento a cada mirada y/o movimiento de la gente que circunstancialmente se cruzaba por el camino, a los colores, a los olores, a la brisa del viento, a los tibios rayos del sol del invierno.
Él creía que algo distinto estaba esperándolo, allá afuera, agazapado, aguardando el momento oportuno. Momento… que se hacía esperar…